miércoles, 20 de noviembre de 2019

Excursión a la geoda gigante de pulpí con SAPAME

Una geoda es una formación de cristales minerales en una cavidad, en el interior de la roca. Hay de todos tamaños y colores según que minerales las formen. Cuanto más grandes son los cristales más impresionantes son y más tiempo han necesitado para formarse. La que hemos visitado son diez metros cúbicos!. Es fusiforme con ocho metros de largo por dos de diámetro. La segunda más grande del mundo. 

Este precioso e interesante viaje, para mí, ha sido un viaje en el tiempo. ¿Qué es un millón y medio de años?¿cabe esa idea en un cerebro que vive como mucho 100? Pues un grupo de 20 personas de SAPAME ahora tenemos una hermosa imagen con la que darle forma al concepto de todo ese inimaginable montón de tiempo. Conchi nos ayudo a sumergirnos en una preciosa historia de una mina que estuvo en explotación 130 años. Estamos tras la comida en la ladera oriental de la Sierra del Aguilón, frente a nosotros a escasos 3km un mar azul intenso -animado por un vientecillo de invierno que hace necesario el abrigo- y la isla de Terreros que hemos visto por la mañana desde una de las atalayas que se construyeron en el SXVII para vigilar esta zona fronteriza entre Murcia y el antiguo reino de Granada de los ataques de piratas procedentes de las costas africanas. Dos chimeneas de ladrillo y una vía de tren en desuso nos recuerdan que estamos en la explotación minera, y una pequeñita puerta da acceso a 500mtrs de aventura en el interior de la tierra, el túnel minero que lleva hasta la geoda. La dulce voz de nuestra guía nos transporta tanto a las maravillas del mundo mineral como a la crudeza del día a día de los mineros que debían sacar a fuerza de pico y empujando pala y carretilla las 63 toneladas de piedra y mineral diarias que les garantizaba cobrar su humilde salario. O de la ansiedad y el miedo de las bravas esposas de los mineros que atendían pacientemente hogar y familia entre los estruendos constantes de las detonaciones sin saber en cada una de ellas si esa sería la que traería a casa marido con jornal o le desgarraría cruelmente el corazón con una noticia aciaga. Pudimos con sus palabras imaginar y casi sentir la emoción del momento del descubrimiento de la geoda, una Nochevieja de 1999 cuando un mineralogista lloraba de emoción colgado de una cuerda cerca de un pequeño orificio en la pared de 8 metros gritando ”dadme un pico, dadme un pico” y abrió el lugar por el que años más tarde los 20 sapameros hemos podido asomarnos y sentir la belleza indescriptible de un millón y medio de años de trabajo constante de nuestra madre naturaleza en la profundidad de sus entrañas.

Otro momento muy emocionante para mí ha sido cuando en una cavidad de la mina, en total oscuridad, la luz de un laser revela de forma mágica miles de partículas fluorescentes de varios e intensos colores que convierten fugazmente la superficie de la roca en algo tan fascinante y de tanta belleza como el inmenso cielo nocturno oscuro y plagado de millones de estrellas relucientes con formas caprichosas que forman las constelaciones.

Llegamos cansados al autobús, pero contentos y deseando volver a alguna de esas prometedoras playas que hemos disfrutado brevemente antes de la entrada a la Geoda, para calentar nuestra piel en la arena fina de la Playa de los Cocederos donde las familias de Pulpí trabajaban el esparto, la cuyos fondos marinos cristalinos habitados por una enorme diversidad de especies pueden considerarse tan valiosos como el soñado tesoro de Almanzor.

Paola.












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